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Boletín El Séptimo Cielo. Nº 44 Febrero 2017, Editorial.

18 febrero, 2017

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Cabecera Boletín nº44 Febrero 2017

 

La existencia de un sistema planetario en casi todas las estrellas del firmamento es, hoy en día, el paradigma vigente. Sin embargo no fue fácil llegar a esta conclusión y la pregunta «¿Existen otros planetas en otros soles?»  estuvo revoloteando por el parnaso de las ideas hasta que en 1995 dos astrónomos europeos interpretaron las variaciones periódicas de la velocidad radial de la estrella 51 Peg como la presencia de un Júpiter orbitando un sol a la distancia de un Mercurio.

La pregunta «¿Estamos solos en el espacio?» y sus múltiples variantes ha sido también un lugar común en la historia del pensamiento humano y viene hoy de nuevo a colación por la salida a la luz de un artículo de once páginas, que responde a esta cuestión, y que Winston Churchill escribió en 1939, poco antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial. La prensa internacional se ha hecho eco de este descubrimiento y en las escasas páginas que los periódicos españoles dedican a la ciencia y sus circunstancias hay unanimidad en incluir esta noticia, adobada de numerosos comentarios.

Es evidente que el interés en este artículo no solo reside en las respuestas que el bulldog británico pudiera dar a las preguntas más relevantes en este contexto, a saber: ¿Existen otros planetas orbitando otros soles? Y, de ser así, ¿cómo se formaron estos planetas? Y ¿alguno contiene vida? Lo admirable se manifiesta en que el Lord del Almirantazgo, en una situación de preguerra, tuviera la curiosidad intelectual, el tiempo y la disciplina necesaria para ponerse a pensar en un problema científico de este nivel y escribir once páginas de reflexiones que, parece, resumen bastante bien el conocimiento de la época. La comparación con líderes políticos actuales, de algunos países no muy lejanos, es tan grosera que no merece ningún otro comentario.

Como señala Mario Livio, astrónomo y divulgador científico, que ha publicado en la revista Nature el descubrimiento del documento y un primer análisis del mismo, lo verdaderamente digno de mención es la actitud científica con la que aborda  la cuestión,  y el escepticismo de sus conclusiones: «En cientos de miles de nebulosas, cada una de las cuales contiene miles de millones de soles, hay enormes probabilidades de que un número inmenso de ellos posea planetas cuyas características no veten la vida[1].» Respuesta que no es  muy diferente de la que Epicuro dio a su discípulo Pitocles veintidós siglos antes: «Y que existen otros mundos como éste infinitos en número es cosa comprensible …»; y más adelante en la misma Epístola: «Pues para la creación de un nuevo mundo no basta solo, como asegura alguno de los llamados físicos, con que se produzca una  acumulación de átomos ni tampoco un remolino de ellos en el vacío…»[2]. Esta última frase podría considerarse la primera constricción filosófica a la formación de un planeta.

Porque aquí reside una de las principales cuestiones de la astronomía moderna: ¿cómo se forman los planetas? En 1939, la teoría de la formación planetaria en boga en el Reino Unido provenía de una de las mentes más preclaras del mundo de la física británica, nacida en el entorno de Cambridge, Sir James Jeans. Este autor desterró la hipótesis de Kant y Laplace acerca de los remolinos nebulares para la formación de los sistemas planetarios, retrotrayéndonos al conjunto de ideas que bajo el nombre de teoría de las mareas consideraba que estos cuerpos se generaban por el material que la estrella perdía en el encuentro con otro cuerpo masivo.

A pesar de la Segunda Guerra Mundial, los años 30 y 40 del siglo XX fueron decisivos en el desarrollo de la Física Estelar y la Dinámica Galáctica. Esta segunda disciplina nos dice que los choques entre estrellas dentro de una galaxia son muy infrecuentes, casi imposibles, a pesar del gran número de objetos que pueblan estos sistema estelares. Incluso las aproximaciones suficientemente cercanas como para, por la fuerza de marea, desgajar de la atmósfera de una estrella la cantidad de material necesaria para formar un sistema planetario son muy improbables. Sin embargo esta fue la hipótesis de trabajo que Churchill utilizó en sus reflexiones acerca de la vida en el universo, y que lo llevaron a decir que, a pesar de la escasa probabilidad de que las estrellas tuvieran sistemas planetarios, había tantas como para considerar que otras tierras y otras vidas eran posibles y esperables. Pero donde Churchill da el do de pecho científico es cuando dice que la hipótesis de Jeans podría estar equivocada[3]. Conoce la diferencia entre una hipótesis y una teoría científica y la aplica con el escepticismo de cualquier buen investigador, aunque la hipótesis provenga de un eminente y reconocido  compatriota.

Sí, Jeans estaba equivocado: un alemán, casi coetáneo suyo, escribió un artículo donde demostraba que el gas proveniente de una atmósfera estelar era incapaz de colapsar para formar un planeta antes de escapar al medio interestelar, pero esta es otra historia que merece ser contada aparte.

[1] En el original: «With hundreds of thousands of nebulae, each containing thousands of millions of suns, the odds are enormous that there must be immense numbers which possess planets whose circumstances would not render life impossible.» Traducción del autor. El párrafo se tomó de http://www.smithsonianmag.com/science-nature/winston-churchill-question-alien-life-180962198/#odJoqrCRk5tVAUEM.99   donde se puede encontrar más información sobre este descubrimiento y su primer análisis.

[2] En Obras Completas de Epicuro. Novena edición, 2012, Editorial Cátedra, Colección Letras Universales. Edición y traducción de José Vara.

[3] Información tomada de las declaraciones de Mario Livio a la Sociedad Smithsonian

No os bajéis del séptimo cielo.

Granada, 19 de febrero de 2017

 

Emilio J. Alfaro

Director EADA, Estrategia Andaluza de Divulgación de la Astronomía

 

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