Fotografía ilustrativa del artículo

Eclipse solar 2026: Tras la sombra de la Luna

Autoría: Patricia Pérez

eclipse , eclipse solar

¿Merece la pena recorrer más de 700 kilómetros para vivir un minuto y medio de oscuridad? La respuesta está en todo lo que sucede antes, durante y después de una totalidad: ciudades volcadas con el eclipse, miles de personas compartiendo el evento, un paisaje transformado por una luz imposible de encontrar cualquier otro día y el privilegio de contemplar a simple vista la corona solar, en una experiencia que ninguna fotografía o vídeo consigue reproducir por completo. 

13 de agosto de 2026

«Mamá, ¿cuándo vamos a ver el eclipse?» La pregunta de una niña de seis años llegó varios días antes de salir de casa. Y, pensándolo ahora, quizá el eclipse empezó en ese momento. No cuando la Luna comenzó a ocultar el Sol, sino cuando decidimos recorrer más de 700 kilómetros para vivir el fenómeno.

El 12 de agosto no eramos los únicos. Desde días antes, carreteras, estaciones y aeropuertos de toda España se llenaban de personas que viajaban con un objetivo poco habitual: situarse bajo la afortunada franja desde la que el Sol desaparecería por completo durante apenas un minuto y medio. Entre ellos miles de aficionados llegados desde otros países europeos. Para muchos era la primera oportunidad de contemplar un eclipse total sin salir de Europa desde el 11 de agosto de 1999, cuando la ocultación atravesó el continente desde las islas Británicas hasta Turquía y quedó grabada en la memoria de toda una generación de observadores.

En España, la expectación tenía además un significado especial. El último eclipse total visible desde la península ocurrió en 1912, de modo que ningún español vivo recordaría haber contemplado uno sin salir del país. Sí permanecía más reciente el recuerdo del eclipse anular de octubre de 2005, cuando fueron muchos los afortunados que observaron el característico anillo de fuego, y algunos otros parciales posteriores. Sin embargo, el fenómeno cambia por completo durante la totalidad, ya que es el único momento en que desaparece el resplandor de la superficie solar y se revela la delicada corona, la tenue atmósfera exterior de nuestro astro rey, con la súbita oscuridad en pleno día.

Todos perseguíamos ese mismo instante. Astrónomos, aficionados, fotógrafos, familias y simples curiosos buscábamos un lugar desde el que mirar al cielo. Durante unos minutos levantaríamos la vista casi al mismo tiempo, aunque cada uno viviría una experiencia diferente.

Grupo observando el eclipse solar de 2026

Astrónomos, aficionados, fotógrafos, familias y grupos de amigos no quisieron perderse el primero del trío ibérico de eclipses de este 12 de agosto.

Muchos nos preguntaban por qué no esperar al eclipse total de 2027 en Andalucía, cuando podremos contemplar la ocultación sin salir de casa. La respuesta está en el propio carácter excepcional del evento. Si España va a convertirse durante tres años consecutivos en el escenario del llamado trío ibérico de eclipses, con dos totales y uno anular, si teníamos la oportunidad de vivir dos totalidades separadas por apenas un año, ¿por qué conformarnos con una?

Máxime cuando ningun evento es exactamente igual. El paisaje, la altura del Sol, la duración del fenómeno, la meteorología, las personas con las que lo compartes e incluso las emociones con las que lo afrontas no son las mismas, todo cambia. La experiencia de 2026 no pretendía sustituir al gran eclipse andaluz de 2027, sino enriquecerlo. Porque sabíamos que, cuando el próximo año la sombra de la Luna vuelva a cruzar España, la miraremos con otros ojos.

Elegir el lugar forma parte de la experiencia

Aceptado el reto había que elegir destino. Sobre el mapa había muchas opciones, pero no todas ofrecían las mismas garantías. Descartamos las zonas más septentrionales por su mayor probabilidad de nubosidad en pleno agosto y tampoco nos convencían los puntos más orientales, donde el Sol quedaría demasiado bajo sobre el horizonte en el momento culminante del eclipse.

En busca de un equilibrio entre una buena altura del astro, unas estadísticas meteorológicas razonables y una logística asumible, la balanza terminó inclinándose hacia Valladolid. Su ubicación dentro de la banda de totalidad cumplía con nuestros requisitos, las conexiones por carretera resultaban sencillas y, tras algunas búsquedas, todavía era posible encontrar alojamiento a un precio relativamente contenido. No era un detalle menor. Si sumamos que un eclipse total mueve a aficionados, fotógrafos y curiosos procedentes de toda Europa y más allá, con que la cita coincidía prácticamente con el puente del 15 de agosto, uno de los momentos de mayor movilidad vacacional del país, encontrar una habitación disponible sin un precio del todo desorbitado, acabó convirtiéndose en parte más de la aventura.

La víspera del eclipse solar

Nada más llegar al hotel queda claro que Valladolid vive ya pendiente del cielo. Por la recepción y los pasillos revolotean aficionados de diversas nacionalidades, muchos de ellos reunidos en torno a la primera y única cumbre fotográfica del mundo dedicada íntegramente a la fotografía de eclipses solares totales. Y paseando por la ciudad ocurre algo parecido. Resulta difícil no cruzarse con una conversación en la que aparezca la palabra tendencia de estos días.

Como en la mayoría de pueblos y ciudades localizados dentro de la franja, se preparó una programación especial en torno al evento. En este caso, bajo el título Esperando el eclipse, el Museo de la Ciencia diseñó una amplia propuesta cultural y festiva para dotar a la ciudadanía de los conocimientos necesarios para comprender el fenómeno y disfrutarlo en las mejores condiciones.

Nosotros también tenemos tarea para la víspera. Nuestra hija necesita saber qué va a ocurrir el día siguiente, por lo que no faltan fichas sencillas con dibujos y otros recursos para distinguir un eclipse de Sol de uno de Luna, conocer los diferentes tipos de eclipses solares y anticipar qué veremos durante cada una de sus fases. ¿Por qué unas veces la Luna tapa solo una parte del Sol y otras consigue ocultarlo por completo?, ¿qué ocurrirá cuando solo quede un pequeño borde luminoso?, ¿de verdad se hará de noche en pleno día?, son algunas de las preguntas con respuesta.

Primer contacto del eclipse solar.

El eclipse comienza con el primer contacto, cuando  se aprecia un pequeño «mordisco» en el disco solar. Imagen: Sonia Vega

La idea no es solo aprovechar el evento para aprender una lección de astronomía, sino conseguir que al día siguiente cada cambio en el cielo tenga un significado. Que aquel pequeño mordisco que aparecerá en el Sol sea el primer contacto; que las perlas de Baily y el anillo de diamante no lleguen por sorpresa y que, cuando finalmente desaparezca el último destello, sepa que ha llegado el momento que hemos recorrido más de 700 kilómetros para vivir.

La espera hasta la totalidad

Aunque llevábamos elegidos un par de enclaves validados científicamente por la Asociación Vallisoletana de Astronomía (Astroval) y la Junta de Castilla y León, una ronda de reconocimiento la tarde anterior terminó por cambiar nuestros planes. Nos decantamos por Trigueros del Valle, a unos kilómetros de la capital, donde encontramos un espacio mucho más amplio, con buenas condiciones para contemplar el eclipse y, además, adecuado para prolongar allí la observación astronómica una vez llegada la noche.

El municipio de apenas 320 habitantes también se había preparado para la ocasión. Los accesos por carretera al mirador se cortaron para evitar colapsos de vehículos y, sobre todo, reducir el riesgo de incendios estando en alerta máxima. En la plaza del pueblo, jóvenes ataviados con chalecos reflectantes repartían gafas de observación y chapas conmemorativas, y animaban a inscribirse en el sorteo previsto durante la fiesta posterior, con barra y actuación de una banda de versiones incluida. La sensación era cada vez más evidente, aquello había dejado de ser únicamente una cita astronómica para convertirse en todo un acontecimiento para estos pueblos.

Con las mochilas preparadas y todavía bastante tiempo por delante, emprendemos el camino hacia el mirador. Arriba empiezan a desplegarse mantas, sillas y sombrillas, pero también cámaras y prismáticos con filtros solares, telescopios, portátiles y otros equipos difíciles de identificar a nivel aficionado. Cada grupo busca su sitio en un ambiente que recuerda más a un festival que a una observación astronómica al uso. Hay familias enteras, jóvenes y mayores, y se intuyen conversaciones en distintos idiomas.

Cámara oscura casera para observar el eclipse sin mirar directamente al Sol.

Una simple caja de cartón basta para construir una cámara oscura casera con la que observar el eclipse sin mirar directamente al Sol.

Según los cálculos facilitados por el Instituto Geográfico Nacional, a las 19:34 comenzaba oficialmente el eclipse, lo que los astronómos llaman el primer contacto. A simple vista no sucede nada, pero con las gafas, en cambio, aparece el primer «mordisco» en el disco solar. Y con ello las primeras expresiones de asombro. Cada pocos minutos volvemos a mirar. La pequeña esfera anaranjada va menguando mientras la silueta de un negro estremecedor de la Luna comienza a ganar terreno.

Somos conscientes de que una experiencia de este tipo no consiste en esperar que llegue el minuto y medio, máxime con una niña de seis años. El resto del tiempo debe formar parte del espectáculo, por lo que en la mochila no solo llevabámos gafas homologadas. Sacamos una caja de cartón con todo lo necesario para transformarla allí mismo. En uno de los extremos hicimos un agujero diminuto, por el que entraría la luz del Sol, y en el lado opuesto pegamos un trozo de cartulina blanca que serviría de pantalla. Junto a ella abrimos una segunda ventana, algo mayor, para mirar dentro sin dirigir nunca la vista hacia el astro.

Al orientar el pequeño orificio hacia el Sol, su imagen apareció proyectada invertida sobre la cartulina. No parecía un instrumento científico pero era una cámara oscura, seguía el mismo principio que dio origen a la cámara fotográfica. Durante el eclipse, aquel disco luminoso iría perdiendo poco a poco una porción, exactamente igual que el Sol real, pero de forma completamente indirecta y segura.

Después llegó el turno de la espumadera, que al dirigirla a nuestra estrella proyectó igualmente decenas de pequeños soles eclipsados sobre una cartulina. Funcionó como una diminuta cámara oscura, al igual que los huecos entre las hojas de los árboles o los juegos entrelazando los dedos de las manos. Sin darnos cuenta, la espera había dejado de ser una espera.

Sombra de espumadera proyectada sobre una camiseta

Otro método de observación indirecta es la espumadera, que proyecta decenas de pequeños soles eclipsados.

El momento más esperado

Casi una hora después la luz empieza a cambiar; no es una oscuridad como la del atardecer, es diferente. Los colores parecen apagarse, las sombras se vuelven extrañamente nítidas y la temperatura baja ligeramente para el agrado de todos los presentes. Algunas bandadas de pájaros cruzan el cielo, como si aquel oscurecimiento repentino les anunciara la llegada anticipada de la noche. Las conversaciones también se van apagando; nadie necesita mirar el reloj para saber que falta muy poco.

Al mirar al Sol con las gafas solo se ve un finísimo hilo cada vez más rojizo. De pronto se rompe en pequeños destellos. El borde de la Luna está lleno de montañas y valles, por lo que los últimos rayos solares consiguen atravesarlos formando las conocidas como perlas de Baily. Duran apenas unos segundos, pero uno de esos destellos permanece algo más brillante. Es el anillo de diamante, probablemente la imagen más conocida y vitoreada de un eclipse total.

Y entonces ocurre… segundo contacto. El último destello desaparece y empieza la totalidad. Dura apenas un minuto y medio, pero el paisaje deja de parecer el mismo. Donde hasta hace unos segundos había un disco cegador aparece ahora un círculo negro enorme rodeado de un halo blanco amarillento, la corona solar. Se aprecian también unos pequeños salientes rosáceos, las protuberancias solares, casi de ciencia ficción. Estamos siendo testigos excepcionales, porque el brillo de la superficie del Sol lo oculta continuamente. Solo cuando la Luna actúa como una pantalla natural esa atmósfera exterior se revela ante nuestros ojos.

Totalidad del eclipse solar de 2026

El Sol durante la totalidad, con la corona rodeando el disco negro de la Luna y una protuberancia solar visible en el borde izquierdo. Imagen: Sonia Vega

El horizonte conserva algo de claridad, como un extraño crepúsculo que nos rodea, mientras sobre nuestras cabezas el cielo se ha oscurecido en cuestión de segundos. Muy cerca del astro rey destaca Venus, convertido de pronto en un punto extraordinariamente brillante sobre el cielo oscurecido. Levantamos un poco más la mirada y también distinguimos algunas estrellas, entre ellas Vega casi en el cénit.

Los cambios también se notan entre quienes nos rodean. Algunos gritan, otros aplauden y dan saltos, hay quien se entrega a la contemplación, quienes se declaran amor y los que no pueden soltar el teléfono móvil o el obturador de la cámara ávidos de atrapar cada instante. Son tantos estímulos y sobrecarga de emociones en tan poco tiempo que resulta difícil decidir a qué dedicarlo. Después de meses preparando el viaje y más de 700 kilómetros de carretera, cuesta asumir que aquello que esperábamos ya está ocurriendo.

Un minuto y medio parece muy poco, pero durante ese momento el tiempo se percibe de otra manera. Intentamos fijarnos en la corona, en el paisaje, en las caras de quienes tenemos al lado y, sobre todo, disfrutar la experiencia. Es también entonces cuando entendemos por qué tantas personas que han vivido una totalidad insisten en que ninguna fotografía o vídeo consigue reproducirla. Las imágenes pueden mostrar el impactante disco negro de la Luna, pero difícilmente captan aquella luz extraña que transforma todo el paisaje, ni la sensación de contemplar cómo el día se apaga en cuestión de segundos.

Vuelta a la luz

Cuando el primer destello reaparece en el borde de la Luna, la sensación es casi contradictoria: han pasado apenas unos segundos y, al mismo tiempo, parece que acabamos de asistir a algo mucho mayor. El anillo de diamante aparece por segunda vez, lo que significa que la totalidad ha terminado. Quienes llevamos la lección aprendida volvemos a colocarnos las gafas antes de seguir mirando al Sol; otros necesitan el recordatorio de que vuelve a ser peligroso observarlo directamente.

Entonces llegan los aplausos. Primero algunos, después casi todos. Un gesto espontáneo, parecido al que a veces acompaña la despedida del Sol tras un bonito atardecer, aunque esta vez con la sensación de haber asistido juntos a algo mucho más especial.

La claridad regresa, pero ya no vuelve la tarde que dejamos unos minutos antes. El astro rey está muy bajo sobre el horizonte y el eclipse entra en su fase final mientras el ocaso sigue avanzando. La luz recupera intensidad durante unos instantes para fundirse poco a poco con los tonos dorados y anaranjados de la puesta de Sol. La Luna continúa retirándose de su disco, pero no llegaremos a verla abandonarlo por completo; nuestra estrella se pierde entre las montañas todavía con un pequeño bocado.

atardecer durante un eclipse solar

El  Sol se pierde entre las montañas antes de que se produzca el cuarto contacto, cuando la Luna deja completamente libre el disco solar. Imagen: Sonia Vega

Cuando llega ese momento la mayoría de los concentrados se ha ido retirando del mirador. Algunos aún quedan desmontando cámaras y telescopios. Nosotros decidimos quedarnos y sacar algo de cena hasta que aparecen las primeras estrellas. Localizamos el Carro, prolongamos imaginariamente sus estrellas hasta encontrar la Polar y buscamos después el Triángulo de Verano. A simple vista reconocemos algunas de las principales constelaciones y, cuando llega el turno del telescopio, el cielo revela estrellas dobles, cúmulos y algunos de los objetos más llamativos del firmamento estival.

Entre una observación y otra, las Perseidas atraviesan ocasionalmente el cielo. Cada verano la Tierra atraviesa la estela de polvo que dejó el cometa Swift-Tuttle. Al entrar en la atmósfera, esas diminutas partículas se desintegran y producen los brillantes trazos luminosos de las también llamadas lágrimas de San Lorenzo. Porque no, no son estrellas que se caen. Este año, además, la coincidencia con la Luna nueva permitió disfrutar de una buena caza de destellos.

Pocas veces una misma jornada reúne espectáculos tan diferentes y tan capaces de despertar la curiosidad, una magnífica puerta de entrada a la astronomía. No hacen falta telescopios ni grandes conocimientos. Basta con disponer de paciencia y ganas de hacerse preguntas. Quizá esa sea la verdadera razón para emprender un viaje como este. No regresar con la mejor fotografía del eclipse, sino con el recuerdo compartido de una experiencia irrepetible.

-¿Y el año que viene lo veremos desde casa?- pregunta la niña.

La respuesta es sí. Pero esa será otra historia.

Más información sobre el trío de eclipses en la web http://trioeclipsesandalucia.com/

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