Lo que nos han enseñado los eclipses solares: conoce su historia
Los eclipses de Sol provocaron terror e inspiraron la creación de mitos durante milenios, hasta que el hombre fué aprendiendo, primero a predecirlos, y más tarde a comprender sus causas. Su estudio ha revelado la ciencia que esconden y otros muchos conocimientos para la física y la astronomía. Estos fenómenos han acompañado a la humanidad durante toda su historia.

Los eclipses a lo largo de la historia han suscitado fascinación y pavor. En esta pintura de Johann Christian Schoeller, la gente se congrega en Viena para contemplar uno total de Sol el 8 de julio de 1842. / Wikimedia Commons
Según cuenta una leyenda, hace más de 4 100 años dos astrónomos chinos fueron decapitados por orden del emperador, por emborracharse y no anticipar un eclipse solar. Aunque la veracidad de esta historia sea dudosa, el registro histórico muestra que estos fenómenos son conocidos desde tiempos inmemoriales, y también su predicción. De hecho, su estudio no solo ha servido para detallar cómo funcionan estos grandiosos espectáculos astrales, sino que ha alumbrado además otros conocimientos para la ciencia.
Con un mínimo de un par de eclipses solares al año, y uno total cada 18 meses como promedio, la humanidad ha tenido tiempo de familiarizarse con estos fenómenos, aunque los atribuyera a poderes mágicos y careciese de la capacidad de predecirlos. Nuestra relación ancestral con los eclipses se pierde en la oscuridad del pasado antes de la que hoy se conoce como la referencia más antigua; o, mejor dicho, situada en un momento más antiguo.
Esa referencia cuenta que los astrónomos Hi y Ho —o Hsi y Ho según otras versiones—, al servicio del emperador chino Zhong Kang, erraron en la predicción de un eclipse debido a su embriaguez, y este descuido les costó la pena de muerte. “La historia de Hsi y Ho menciona una dinastía que la dataría en algún momento entre el 2159 y el 1948 a.C.”, cuenta a SINC el profesor emérito de la Universidad de Tennessee Mark Littmann, coautor, junto con el astrofísico de la NASA Fred Espenak —fallecido en 2025—, del libro Totality: The Great North American Eclipse of 2024 (Oxford University Press, 2023) y otros sobre eclipses.
Un dragón que devoraba al Sol
“El mito de Hsi y Ho aparece en el Shu Ching (Clásico de Historia), publicado en el siglo VII a.C.”, detalla Littmann. Por lo tanto, en realidad la referencia al eclipse no tiene 41 siglos de antigüedad, sino unos 27, lo que la sitúa en un tiempo más reciente que otras confirmadas. Además, y aunque la anécdota ha sido citada por astrónomos occidentales al menos desde el siglo XIX, hay motivos de peso para dudar de su veracidad: “No se ha encontrado ningún eclipse total de sol que encaje con las circunstancias de la historia”, sentencia Littmann.
Generalmente se asume que es solo una leyenda posiblemente inspirada en alguna ejecución política, y que la alusión al eclipse se añadió para justificarla, dado que estos fenómenos se vinculaban a la autoridad imperial y a los augurios relacionados.
Se creía que un dragón devoraba el sol y, para espantarlo, se tocaban tambores y se arrojaban flechas; la negligencia de los astrónomos lo habría impedido, extendiendo el terror entre la población.
Pero algo llama la atención de la leyenda de Hsi y Ho, y es que se aluda a la predicción de los eclipses cuando se les suponía un origen mágico. Según Littmann, es una corrupción moderna de la versión original: “El Shu Ching realmente dice que Hsi y Ho fracasaron en prevenir el eclipse —no en predecirlo—, un concepto mitológico”. El experto concluye que el presunto conocimiento de la predicción aquí es pura ficción; “pero la historia nos muestra que en la antigua China interesaban estos sucesos y la importancia de registrarlos”.
Rituales y registros escritos: de Stonehenge a la Biblia
Al terreno de las interpretaciones pertenecen también algunas muestras de la prehistoria: petroglifos del Neolítico grabados en el conjunto megalítico de Loughcrew, en Irlanda, podrían representar un eclipse de sol que, de acuerdo a los cálculos, fue visible desde aquel lugar el 30 de noviembre del 3340 a.C. En el enclave se hallaron huesos calcinados de casi una cincuentena de personas, en lo que se ha sugerido que fue un sacrificio humano destinado a traer el sol de vuelta.
Otro caso, destaca Littmann, es una de las estructuras megalíticas más famosas del mundo: “Es posible que la gente que construyó Stonehenge supiera cómo predecir los eclipses en el 2600 a.C. (y quizá 3000 a.C.), por su cuidadosa colocación de las piedras”, dice. “No lo sabemos con seguridad porque los constructores de Stonehenge no tenían lenguaje escrito”.
Para entrar en el terreno del primer registro histórico por escrito debemos viajar a Ugarit, en la costa de la actual Siria. Una tablilla de arcilla encontrada en 1948 en las ruinas de la ciudad describe un eclipse total de sol cuya fecha se ha situado en el 5 de marzo de 1223 a.C. En la Biblia, el libro de Josué recoge que el Sol y la Luna se detuvieron, lo que se ha propuesto como referencia a un eclipse solar acaecido el 30 de octubre de 1207 a.C. En China, hacia el 1200 a.C., los escribas grababan en huesos oraculares —escápulas de buey y piezas de caparazones utilizadas para la adivinación— que el sol había “sido devorado”.
Observar para predecir
Cerca de la ubicación del primer registro, en Babilonia, se documentan las primeras predicciones confirmadas, siete siglos después de la tablilla de Ugarit. Los astrónomos babilonios observaron que los eclipses se repetían en un periodo de 223 lunas —6 585,3 días, o 18 años, 11 días y 8 horas—, lo que posteriormente se denominó ciclo de saros. Cada uno de ellos contiene 42 eclipses solares, sumando totales, anulares y parciales. Los astrónomos chinos descubrirían este ciclo a partir del siglo I a.C.
Del siglo VI a.C. data la predicción más famosa de la antigüedad, la que habría formulado el filósofo griego Tales de Mileto sobre un eclipse de sol que tuvo lugar el 28 de mayo del 585 a.C. y que forzó un armisticio en la batalla entre los lidios y los medos. El eclipse está confirmado, no tanto la predicción de Tales; sabemos de ella por el relato de Heródoto escrito un siglo después, aunque otros autores también la refirieron. No obstante, se cree que Tales pudo basarse en el conocimiento babilónico, y el episodio perdura como un hito en la historia de la ciencia de los eclipses.
Así, poco a poco “el mito y la magia dieron paso a la ciencia”, relata Littmann. El estudio científico de los eclipses no solo ha servido para detallar el funcionamiento de estos alineamientos astronómicos tan visuales y sus variaciones a largo plazo; además ha aportado conocimientos pertinentes a otras áreas. Incluso a las ciencias sociales: el registro de eclipses antiguos ha ayudado a trazar cronologías, como la del imperio hitita gracias al llamado eclipse de Mursili, que tuvo lugar en el décimo año del reinado de Mursili II.
La ciencia de los eclipses
Una de las primeras y más importantes contribuciones del estudio de los eclipses a la ciencia fue obra de Hiparco. Hacia el año 129 a.C., el astrónomo de Nicea reunió mediciones tomadas durante un eclipse de sol que se vio como total o parcial desde distintos lugares, y aplicó un método trigonométrico para calcular la distancia de la Tierra a la Luna (en el siglo anterior, Aristarco de Samos lo había hecho a partir de un eclipse lunar). Hiparco estimó esta distancia entre 62 y 73 radios terrestres, aproximándose bastante a la distancia media real de 60 radios.

Los eclipses de Sol se clasifican en totales, anulares y parciales. Imagen: IGN
Fue entre los siglos XVI y XVII cuando el alemán Johannes Kepler y sus tres leyes del movimiento planetario sentaron las bases de la ciencia moderna de los eclipses. En el XVIII, el inglés Edmond Halley destacó en el estudio de los eclipses y su predicción, redescubriendo y nombrando el ciclo de saros.
A juicio de Littmann, la mayor contribución de los eclipses a la ciencia fue la del astrónomo británico Arthur Eddington, cuando lideró una expedición a la isla africana de Príncipe para observar el eclipse solar del 29 de mayo de 1919. Eddington era un prominente defensor de la teoría general de la relatividad publicada por Albert Einstein tres años antes, una de cuyas predicciones decía que las grandes masas curvan la luz.
Eddington aprovechó que el oscurecimiento del disco solar permitía distinguir las estrellas que se veían cercanas a él. Según la teoría einsteniana, sus rayos de luz en la dirección de la Tierra deberían desviarse por el campo gravitatorio solar, alterando su posición aparente en el cielo.
Las mediciones de las posiciones reales y aparentes de unas 13 estrellas de la constelación de Tauro confirmaron que Einstein tenía razón, lo que el diario londinense The Times calificó como “una revolución en la ciencia”.
El helio y la atmósfera solar
Los eclipses han aportado otros grandes hallazgos científicos, como el del astrónomo francés Jules Janssen en 1868: “El estudio de las prominencias solares visibles durante un eclipse total reveló un nuevo elemento químico en el Sol, el helio, antes de descubrirse en la Tierra”, apunta Littmann. El experto añade que también el descubrimiento de la atmósfera solar fue posible gracias al bloqueo del brillo cegador de la superficie del Sol durante un eclipse, lo que permite observar la corona externa.
Por otra parte, astrónomos de la NASA han investigado los cambios en la rotación de la Tierra basándose en los registros históricos de eclipses solares. Analizando las fechas y lugares de eclipses en los siglos XIII y XII a.C. en China, los científicos descubrieron que la rotación terrestre se ha ralentizado en 47 milésimas de segundo por día en los últimos 3 200 años.
El fenómeno del eclipse aplicado a otros astros también proporciona valiosos conocimientos. Como explica Littmann, “en 1676, la medición de la cadencia de los eclipses de las lunas de Júpiter reveló la velocidad de la luz”. Hoy los cambios periódicos en la luz de las estrellas debidos a eclipses parciales han llevado al descubrimiento de miles de planetas en otros sistemas estelares.
*Imagen de portada: Eclipse solar del 11 de agosto de 1999. Luc Viatour/ Wikimedia
